número 14 | diciembre 2016
críticas
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El arte de vivir

Ana Seoane (UNA/UBA)

 

De, por, para y sobre: Lisandro Rodríguez y Martín Seijo.

Performers: Lisandro Rodríguez y Martín Seijo.

Producción: Luciano Kaczer y Manuel Schjaer.

Casa Tomada.  Riobamba 985, CABA
(ex Casa Nacional del Bicentenario)

 

Ellos, Lisandro Rodríguez y Martín Seijo, lo anticipan desde las gacetillas de prensa e incluso en el programa de mano:

El teatro ya fue. La perfo, también. No tenemos más preguntas. No obtuvimos respuestas. No escribimos un manifiesto. Hay que tomar lo que sea. Cobrar todo lo que se pueda. Amortizar. Amarrocar. Amasijar. ¿Por qué no podemos vivir de nuestro arte? ¿Por qué no podemos vivir de vivir”.

Es éste su propio principio artístico. Es casi una continuación de otra propuesta tan provocadora como fue La Parodia está de Moda y Las Salas Alternativas Fomentan el Amateurismo que se presentó en el año 2014, en el teatro Elefante. Allí la consiga fue llevar como precio de la entrada una botella de agua mineral (de una marca determinada). Frente a público/espectadores, pero fundamentalmente partícipes de sus aventuras jugaron a cuestionar a la figura del dramaturgo. Ellos se las ingenian para enfocar de manera crítica los distintos papeles dentro del teatro, en aquel caso apuntaron al autor y a las entidades que los representan, como es el ejemplo de la Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES). En El arte de vivir apuestan a otro interrogante: ¿se puede vivir del teatro? O generalizando más la pregunta ¿se puede vivir del arte en países como el nuestro? Para desplegar este cuestionario ellos entregan tecnología, desde una cámara de video simultáneo y algunos otros artilugios, sin olvidar a los utensilios de cocina más rudimentarios. Hay dibujos, libros de arte y sobre todo buscan y encuentran complicidad con sus asistentes.

Es un principio fundamental que cada una de sus presentaciones sea con entrada libre y gratuita. Se sabe que ellos de manera siempre original y sorpresiva cuestionan a lo que se puede llamar “sistema”. Ficción/realidad son dos caras que difícilmente encuentren límites en sus propuestas. Se autodefinen como “hombres de teatro devenidos en artistas contemporáneos” y su manera de expresarse es romper con los encasillamientos de cualquier tipo por lo cual no buscan “contar” historias. Por eso mismo no es extraño observar cómo algunos asistentes se levantan y se retiran, no hay agresión en sus propuestas, pero rompen con el código más frecuente: “esto es teatro, aquí contamos representamos una ficción”. Todavía hay muchos espectadores que siguen buscando y esperando que les cuenten algo, esperan los dictámenes de Aristóteles aunque no sepan lo que escribió aquel griego en el siglo IV antes de Cristo.

Lisandro Rodríguez y Martín Seijo son provocadores aunque no salgan desnudos, ni manchen a los asistentes, ni insulten. Sus transgresiones pasan por otras formas, sus búsquedas son más profundas. Por todo esto sus propuestas son profundamente políticas, distancian todo el tiempo e incorporan muchos rasgos que identificamos con el universo teatral de Alemania. Parecen herederos de Brecht en más de un momento, cuando juegan con carteles, aunque ellos en este siglo XXI los proyecten y los escriban en directo desde su notebook. También tiene huella germánica el uso que hacen de los micrófonos, a veces para cantar y en otros casos para subrayar lo que quieren expresar.

Incorporan en sus propuestas, sobre todo en esta última o quizás ya penúltima como el Arte de vivir un signo no lingüístico muy olvidado en la escena porteña: el olfato. La idea de cocinar frente a los espectadores no es nueva, como tampoco el que conviden lo realizado allí mismo, el gran antecedente es Emilio García Wehbi, pero ni Rodríguez, ni Seijo llegan a los extremos del ex Periférico.

El arte de vivir abre preguntas, no da ninguna respuesta pero entrega numerosas imágenes y sensaciones, desde el olfato hasta las gustativas, todo dependerá de la capacidad de reacción y entrega al juego que tengan sus espectadores. Ninguno se podrá sentir invadido, quizás los que no acepten este pequeño desafío de dejar de lado las consignas más habituales del teatro, como personajes o historias se sentirán desilusionados y partirán antes del final. Sus presentaciones son una invitación a participar de otro modo de una teatralidad distinta, que se la busca clasificar con distintos nombres.