artículos
dossier
información y críticas
reseñas


El David Marron. Crédito Alejandra López
El David Marron. Crédito Alejandra López


número 22 | marzo 2024
Críticas
A A

El David marrón

Por Daniela Berlante (UNA/UBA)

 

Dirección: Laura Fernández

Dramaturgia y actuación: David Gudiño

Asistencia de dirección: Gabino Torlaschi

Escenografía: Norberto Laino

Realización escenográfica: Walter Lamas, Maite Corona

Vestuario: Rodrigo González Garillo

Iluminación: Matías Sendón

Fotografía: Alejandra López

Diseño gráfico: Martín Gorricho

Estilismo: Lima de Souza

Prensa: Mutuverria PR

Centro Cultural 25 de Mayo

 

La cartelera de Buenos Aires de los últimos años viene exhibiendo con una frecuencia creciente piezas para un solo interpretante. Tal vez, esta recurrencia se deba -ente otros factores- a que la forma monologal, detrás de la aparente soledad en la que se encuentra quien discurre, permite la percepción de más de un personaje en escena. Su carácter dialógico, la indefectible postulación de un destinatario que daría inicio a la posibilidad del intercambio entre monologante y receptor interpelado (aun cuando ambos coincidan en el mismo sujeto) ha sido estudiada por teóricos como Ubersfeld, Sanchís Sinisterra o Fobbio, en el contexto local.

La maleabilidad del monólogo como forma dramática se verifica en El David marrón de David Gudiño, espectáculo que con dirección de Laura Fernández se ha presentado en el Centro Cultural 25 de Mayo.

En él convergen su protagonista, David, homónimo del actor y autor de la pieza, lo que habilitaría a efectuar una lectura autobiográfica de los planteos espectaculares, y otro David, no menos protagónico, que en su materialidad escultórica opera como réplica del creado por Miguel Ángel, pero emplazado en un museo de la ciudad de Buenos Aires.

El David objetual, notable diseño de Norberto Laino, aparece desde el comienzo despedazado. No obstante ello, su presencia  fragmentada es la condición de posibilidad de la interpelación del otro, del marrón.

La obra juega con una dicotomía que inscribe en el estatuario los valores de la blanquitud consagrados por la cultura de Occidente desde un paradigma hegemónico y supremacista que ha sometido  y eliminado de manera sistemática a quienes no encajaron en esa categoría.

La identidad marrón del David de carne y hueso es la que viene a dar batalla al monumento emblemático en tanto cifra cultural responsable de irradiar –desde su posición canónica -  la estigmatización y el racismo sufridos por el protagonista.

La dirección de Laura Fernández contribuye a resaltar esa oposición desde el dispositivo escénico. El gigantismo de los miembros diseminados del David museístico contrastan con el cuerpo vivo de Gudiño quien interactúa con ellos estableciendo una vinculación bien orgánica que logra recuperar la mítica y desigual lucha entre David y Goliat, pero en otra clave. La piedra que aquí se arroja apunta a destronar el núcleo de la constitución de un sentido congelado y erróneo, el que sostiene que la identidad nacional ha sido y es blanca.

En esta trama opositiva que la obra plantea se delinea discursivamente el personaje de Juan, un hombre del que David se enamora teniendo sexo en el baño del museo que los reunió. Juan es el rubio y el letrado, es quien le explica desde la perspectiva del conquistador La vuelta del Malón, de Ángel Della Valle, pero que en clave sexual le propone jugar a ser su cautiva. Su discurso le da cuerpo al ademán de un sector de la progresía bienpensante para quien “lo indio es lindo pero sin los indios”.

La tarea de deconstrucción de los estereotipos estigmatizantes que la obra da a ver tiene una doble valencia: es claramente diegética, pero encuentra su correlato material en la demolición que sobre una de las esculturas más emblemáticas de Occidente viene a efectuar el David marrón ante los ojos de los espectadores conmovidos por la puesta en juego y la entrega sin reservas de la propia intimidad de su protagonista.