número 15 | septiembre 2017
Críticas
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Dashua

Ana Seoane (UNA/UBA)

 

Idea, guión y dirección de Omar Pacheco.

Elenco: María Centurión y Valentín Mederos.

Realización de objetos y maquinaria: Hernán Alegre y Kaio De Almeida.

Diseño de luces: Omar Pacheco.

Operación de luces: Ivanna Noel Clará y Agustina Miguel.

Operación de sonido: Samanta Iozzo.

Video: Daniel Gómez y Fabián Pettine.

Vestuario: Ivanna Noel Clará y Lucía Pablo.

Teatro La otra orilla

 

Cuando se analiza la historia del teatro porteño de estas últimas décadas hay tres nombres que no puedan faltar después de la última dictadura militar. Ellos son Alberto Félix Alberto, Javier Margulis y Omar Pacheco. De los tres creadores el único que se quedó en Buenos Aires y continuó con este tipo de teatralidad donde prevalece la imagen por sobre los textos es Pacheco. Tiene desde algunos años su propio teatro y a la vez su escuela, situados en pleno barrio del Once, allí en “La otra orilla” dicta clases, desarrolla su método de actuación y estrena sus espectáculos o muchas veces también los repone. Son citas obligadas de nuestros escenarios, ya que han traído imágenes inolvidables sobre los horrores vividos en el país.

La propia historia de Omar Pacheco está traspasada por el exilio que debió emprender en 1978. De sus distintos viajes con largas estadías quedan huellas de su cercanía a Augusto Boal en Brasil. Cumplen treinta y cinco años de trayectoria y eligen definirse así: “Como grupo definimos nuestra estética como Teatro Inestable, porque inestable es no acomodarse a lo repetido y organizado, es inventar nuestra historia, es construir un sueño que algunos llaman utopía”.

Su “Trilogía del horror” integrada por: Memoria (1993), Cinco puertas (1997) y Cautiverio (2001) se transformó en un clásico del teatro porteño. Más tarde llegarían otros espectáculos como Del otro lado del mar (2005) o La cuna vacía (2006). Demostró en cada una de sus propuestas que sin necesidad de palabras o con un idioma ininteligible se puede construir una propuesta desde otro tipo de teatralidad. Hay signos que nunca faltan en sus espectáculos y que cada uno de ellos cobra el peso de lenguaje escénico. La iluminación, la música y la corporeidad que consigue de sus intérpretes. Alejados del imperante realismo que se palpa en los escenarios, Pacheco traspasa sus creaciones con rasgos cinematográficos, que enfrentan al espectador con cierto misticismo. Con el vestuario y las caracterizaciones parece representar mundos alejados a lo cotidiano argentino. Imposible ubicar las acciones en una temporalidad exacta, todo es sugestión y magia.

Consigue en ese pequeño escenario que los cuerpos aparezcan entre sombras de humo, caigan, se eleven, con una exactitud apabullante. Hay objetos que sistemáticamente usa, casi como estilo así los espejos o una réplica falsa de ellos, también el uso del humo le permite crear más intensidades y matices en la luz.

¿Qué es Dashua? Ellos mismo responden este interrogante cuando convocan al periodismo en su gacetilla:

 

“Cuando hablamos del abuso de poder y de los que ejecutan el sometimiento nunca definimos un hombre determinado, una región específica, o un país definido. Tenemos la libertad de afirmar que el conflicto está en el ser humano y que él construye estos mecanismos perversos, por lo tanto no lo limitamos a una época o geografía en particular. Lo que le ocurre a "Ante" es lo que se universaliza en otros seres que usaron el poder como forma de sometimiento. "Mara" no es solo una mujer, sino que representa a las víctimas que desde la violencia psicológica y física quedan presas en una cárcel tanto simbólica como concreta, asumiendo la responsabilidad de una toma de posición. Ni ella ni él son personajes, eso sería apretar la historia de dos roles que en realidad representan a sociedades y a sistemas para hablar del funcionamiento del poder religioso, político y militar”.

 

Imposible no preguntarse qué significa ese nombre…Aparece como un posible nombre propio usado en los Estados Unidos, pero si se ubican las letras al revés da como resultado Auhsad, que es una escuela de distintos niveles, también en los Estados Unidos. Si se modifica sólo una letra y lo transformamos en Nashua se verifica que fue “una tribu de nativos americanos que vivieron en Nueva Inglaterra en el siglo XVII” y también en la actualidad es “una ciudad ubicada en el condado de Hillsborough en el estado estadounidense de Nuevo Hampshire”. Cada uno podrá asociar como quiera, la propuesta es disparadora de significados, sí queda muy clara la violencia, aunque poetizada, casi con belleza del mal. El pañuelo rojo que vuela en varios momentos tiene un peso dramático ineludible.

Hay cuatro nombres claves en esta creación además del de Omar Pacheco y ellos son los trabajos actorales de María Centurión y Valentín Mederos, a los que hay que sumar la realización de objetos y maquinaria a cargo de Hernán Alegre y Kaio De Almeida. Unos frente al público exponiéndose con un despliegue notable, donde todo parece sencillo, pero se detectan muchas horas de ensayo para alcanzar esa perfección. Las caídas, los golpes, las apariciones y desapariciones, las subidas o bajadas todas están ejecutadas como un reloj. Y detrás está esa máquina casi invisible que permite todo este mundo ficcional y misterioso.

Dashua es una invitación para romper códigos, para lanzarse al mundo inexplorado para muchos, para dejar de lado la palabra y las historias e introducirse en una teatralidad sin límites, ni fronteras.